Argitasun Centro Psicoterapéutico

La Metáfora

Metáfora del proceso de creación de Argitasun

Había una vez un lince muy hermoso y especial que nació de un hermoso roble y un chopo caduco. Del hermoso roble aprendió a ser fuerte por fuera y a tener un gran corazón por dentro. Gracias a su convivencia con el chopo caduco, adquirió la habilidad de observar desde el silencio y aprendió a comprender con mayor facilidad el mundo que le rodeaba. Fruto de esta unión, él se transformo en un gran lince noble. Unos años después, en otro continente, de la unión de dos robles fuertes y de gran corazón, nació una leona.

Ambos, el lince y la leona, con los años y la experiencia con los demás animales de la selva, se percataron de que muchos acudían a ellos en busca de consejos y apoyo y se sentían bien ayudando, pero se dieron cuenta de que querían desarrollar verdaderamente su capacidad de ayudarse y ayudar. Para ello, cada uno por su lado, recorrieron muchos encuentros que organizaban druidas y sabios. En cada uno de esos encuentros aprendían, de sí mismos y de los demás, de aquello que llamaban razón, selva, sentimientos, océanos, conductas, mundo, planetas y galaxias. Al finalizar esos encuentros los jefes druidas repartían semillas para que cada uno de los asistentes las llevara a su casa y pudiera plantarlas y obtener así alimento.

Ambos intentaron pertenecer a esas logias de sabios ya que ansiaban aportar todo lo que habían aprendido. Aún así y por diferentes razones parecía que no encajaban en ningún lugar. Finalmente y tras mucho recorrido, en una noche de encuentros mágicos y en un grupo liderado por grandes sabios, el lince y la leona se encontraron. Al principio simplemente se observaron desde la distancia, desconcertados. Ambos sentían que se conocían desde hace años y al mirarse a los ojos se encontraron como en casa. Parecía que encajaban pero no sabían por qué.

El gran gurú al inicio del encuentro explicó: “Hoy es una gran noche. Todos hemos nacido con una misión. Esta noche tendréis que descubrir cuál es dicha misión. Para ello os adentraréis en el bosque por parejas y tendréis que recoger el mensaje oculto. Tened cuidado ya que los peligros acechan en la oscuridad y el espesor de la selva”. El lince, intuitivamente, eligió a la leona y la leona aceptó el reto.

Ambos valerosos se adentraron en el bosque. En ese momento, el lince sintió un escalofrío. Apenas se podía ver nada y la leona con su pata lo arropó. El lince miró desconcertadamente a aquella leona que apenas conocía. Aún así decidió confiar en ella. Tras unos minutos comenzaron a oír extraños ruidos entre unos matorrales y, entre la niebla, apareció un gran ser de grandes fauces. La leona se asustó y el lince, al ver la reacción de esta, decidió atacar a la bestia. Tras varios segundos de incertidumbre, la leona, al ver el valor del lince, decidió también atacar. La bestia finalmente al ver la unión, valor y fuerza de sus contrincantes huyó.

Tras la pelea ambos estaban heridos y decidieron confiar el uno en el otro y se lamieron las heridas. Tras unas horas en reposo continuaron el viaje y llegaron a un hermoso estanque donde pudieron beber agua fresca y comenzaron a compartir información de lo aprendido en sus experiencias con diferentes druidas. De repente, en la oscuridad de la noche comenzaron a escuchar relinchos y chapoteo en el agua: ¡un caballo había caído al estanque y se estaba ahogando, no sabía nadar! Ambos, sin pensarlo, ya habiendo superado su miedo al agua, se sumergieron e intentaron sacar al caballo. ¡Pero no podían, pesaba demasiado!

Raudamente comenzaron a observar y se dieron cuenta de la profundidad del estanque, del lodo que habitaba en el fondo y de las características del caballo. Decidieron salir a la orilla y actuar en equipo con todos sus conocimientos. Evaluaron la situación y decidieron, mediante lianas y troncos que lanzaron al caballo, animarle a que se sujetara en ellos. Le instruyeron para que se colocara de tal modo que con los troncos pudiera flotar y con las cuerdas pudiera sentirse apoyado. Volvieron a sumergirse y poco a poco fueron tranquilizando y enseñando al caballo a mover sus patas y a nadar. Finalmente, retiraron los troncos y las lianas y el caballo asombrado pudo salir de aquel estanque. El caballo dio las gracias a aquel lince y a aquella leona por haberlo ayudado. A partir de ahora no volvería a temer caerse al agua. Había aprendido a nadar, a confiar en sí mismo e incluso a disfrutar.

En ese mismo instante el caballo sonrió, se transformó en una ráfaga de luz intensa de la cual surgió el gran sabio y les dijo: “Ya estáis preparados para conocer vuestra misión: ambos compartís valor, fuerza, sabiduría y compasión. Tenéis un gran corazón, os gusta ayudar, enseñar, acompañar, compartir, sois leales a vuestros principios de bondad y lealtad. Por ello os hago entrega de esta luz a modo de semilla, que se compone de todos estos nutrientes de vida, para que la cuidéis y podáis utilizarlq para encender otras luces”.

Tanto la leona como el lince cogieron la luz y la guardaron con mucho cuidado y mimo. Se sintieron muy orgullosos y al mismo tiempo con una gran responsabilidad. Al regresar por el sendero comenzaron a hablar: “Ya tenemos la luz, ¿cómo podemos compartir la luz con otros seres?”

Decidieron buscar un lugar donde los seres que acudiesen se sintieran en un entorno confortable, seguro, dispuestos a compartir todo aquello que querían transformar. Recorrieron muchos kilómetros, se enfrentaron a dragones de azufre de otros planetas y a seres que intentaban apagar su luz. Lo intentaron primero con el lince. Y el lince, en su lucha, fue consciente de toda su fuerza, de todo su potencial, de la importancia de mantener la luz encendida y de que la leona siempre estaría para defenderlo. Luego lo intentaron con la leona, y la leona, en su batalla, se dio cuenta de la necesidad de ser fuerte y flexible, de que podía confiar en el lince y de que al apoyarse en él, la leona cogía más fuerza. En la tercera ofensiva una manada de llenas intentó separarlos.

Todas estas vivencias los hicieron fuertes como el roble y flexibles como el junco. Adquirieron habilidades y recursos para hacer frente a futuras adversidades y mayor sabiduría en el cuidado de la luz. También empezaron a ser conscientes de que siempre habían estado acompañados por diferentes seres que los apreciaban y querían. Pequeños duendecillos que velaban por ellos como ángeles de la guarda. Recordando las batallas más detenidamente pudieron observar que alrededor siempre habían estado los robles, el lince, el león, y todas las personas que creyeron en ellos. Finalmente, encontraron un entorno, cálido, lleno de paz y aroma a bosque.

Todos los que acudían a este nuevo hábitat podrían expresar su verdadero ser, lamer sus heridas para que pudieran cicatrizarse. Se sintieron muy alegres y contentos. En este mismo momento comenzaron otra nueva etapa, la de adaptarse a su nuevo hábitat y respetar su equilibrio natural. Aprendieron a comunicarse con otras especies y a entender el ecosistema del lugar.

El último paso fue expresar al mundo su ubicación, la riqueza del lugar y todos los frutos que podían ofrecer. Con la ayuda de pájaros de diferentes especies comenzaron a mandar mensajes a otros hábitats. Esa llamada al mundo empezó a dar sus frutos y comenzaron a llegar seres, animales y humanos que querían ser ayudados para transformar su mundo interno. Para poder cuidar, sentir y ver desde su propia luz.

Esta metáfora está dedicada a todas aquellas personas que nos han puesto flores en el camino, nos han dado agua para refrescarnos y comida para que no desfalleciésemos. Pero también queremos agradecer del mismo modo a los que nos han puesto piedras y trampas. Gracias de corazón, ya que sin todos vosotros no hubiéramos llegado a ser dignos de portar la luz de Argitasun.

Una noche de encuentros mágicos, el lince y la leona se encontraron. Al principio simplemente se observaron desde la distancia, desconcertados.

De repente, en la oscuridad de la noche comenzaron a escuchar relinchos y chapoteo en el agua: ¡un caballo había caído al estanque y se estaba ahogando, no sabía nadar!

Todas estas vivencias los hicieron fuertes como el roble y flexibles como el junco. Adquirieron habilidades y recursos para hacer frente a futuras adversidades y mayor sabiduría en el cuidado de la luz.